Cada rostro es un misterio, cada rostro que pasa con sus secretos, sus gestos, sus marcas.
Me gusta sentarme, anónima y callada, a mirar los rostros de la gente que pasa, miles de rostros diferentes, pero igualados en los gestos, porque iguales para todos son los sentimientos que los crean y los desatan.
Me gusta sentarme en las estaciones a mirar la gente que viaja, olvidada de mis propias valijas y mis destinos para irme a transitar los caminos inventados a los infinitos rostros que por un instante me acompañan.
Tal vez es la vida misma la que me intriga, me atrae, se me escapa, el andar en el tiempo con nuestras cargas y nuestras distancias, la sensación de vibrar, de correr, descansar, abrir los ojos, sentarse, escuchar, andar a los saltos, vivir y vivirse, sentirse, absorber los sonidos, los aromas, los sabores, las texturas, todo.
Atesorar las cosas y las personas que nos fueron rozando, limándonos para hacernos mas suaves, raspándonos haciendo marcas en la piel y la memoria, golpeándonos dejando moretones que nos hicieron cambiar rumbos y destinos.
Desde que gateamos, impulsados por saber qué hay mas allá de nuestra cuna, hasta que nos llevan a ver qué hay mas allá de esta vida, todo es viaje, todo es poner y sacar de las valijas...
Creo, seguro, que si nos animamos a abrirlas, nos va a sorprender la cantidad de cosas que guardamos de hace tanto tiempo, que solo nos están haciendo peso, dificultándonos disfrutar el camino mientras andamos de estación en estación...
domingo, 16 de octubre de 2011
viernes, 7 de octubre de 2011
¿Dónde?
¿En qué lugar del cuerpo nacen nuestros miedos?
Anudan la garganta, estrujan el estómago, hacen temblar las rodillas, licuan los intestinos...¿Dónde nace semejante catástrofe?
Es como si en un segundo se apagaran las luces de nuestro ser y los pensamientos se atropellaran en las bocacalles del cerebro y el alma confundiera las sombras de lo inesperado con monstruos infernales.
Debe ser, sospecho yo, un lugar, un espacio a medio camino entre el alma y el cerebro, donde se alojan y se alimentan los fantasmas del miedo.
Cuando nos conozcamos tanto como para animarnos a andar por esos recovecos oscuros e inciertos, cuando las luces estallen en el alma, alumbrando amores y deseos, cuando el tiempo nos diga que ya no hay tanta vida para andar perdiendo tanto tiempo, entonces, seguro, asombrados, nos daremos cuenta que por algún lugar hemos dejado olvidados todos nuestros miedos.
Anudan la garganta, estrujan el estómago, hacen temblar las rodillas, licuan los intestinos...¿Dónde nace semejante catástrofe?
Es como si en un segundo se apagaran las luces de nuestro ser y los pensamientos se atropellaran en las bocacalles del cerebro y el alma confundiera las sombras de lo inesperado con monstruos infernales.
Debe ser, sospecho yo, un lugar, un espacio a medio camino entre el alma y el cerebro, donde se alojan y se alimentan los fantasmas del miedo.
Cuando nos conozcamos tanto como para animarnos a andar por esos recovecos oscuros e inciertos, cuando las luces estallen en el alma, alumbrando amores y deseos, cuando el tiempo nos diga que ya no hay tanta vida para andar perdiendo tanto tiempo, entonces, seguro, asombrados, nos daremos cuenta que por algún lugar hemos dejado olvidados todos nuestros miedos.
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