Se la ve flaca, con esa flacura dolorosa de fideo eléctrico, tormento de sillas y colchones, no por el peso, esto es claro, sino por sus incontrolables y continuos movimientos, acomodamientos, cambios de lado, cruce de piernas, toque de cara, casi se levanta, pero ya se vuelve y se sienta, y uno piensa que se desarma, pero no, allá va ligerito, pasos largos, sale y entra.
La voz le sale tan rápido que casi tartamudea, y tal vez por timidéz o por crianza a veces actúa con soberbia.
Tal vez porque es tan flaca en su cuerpo no entra la paciencia, ni la valentia ni el coraje, ni la libertad del alma que nos da la independencia.
A veces me pregunto si de todo esto ella se da cuenta, si la violencia reprimida que se le escapa en críticas mordaces y en pequeñas miserias será tan solo el desborde de demasiadas soledades, demasiadas frustraciones, de querer lo que no puede y de poder tantas cosas que, en realidad, no quiere...
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